Instantánea de un infierno

¿Cuál es el fondo?
te preguntarás otra vez
mientras te elevas
Atrás las huellas de lo andado
eso
que llamaste vida mirándote alejarte
con sus simples cosas 
su término y su ayer
¿Cuál es el fondo?
preguntarás a nadie
agitando los brazos con la extrañeza
de quien ya no está en el tiempo
y se eleva 
hasta perder referencia
con la extrañeza
de quien ya no ocupa un lugar en el espacio
Y otra vez
sin recordar que ya tenías tu respuesta
preguntarás ¿cuál es el fondo?
Otra vez y otra vez. 
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Nos vamos

Hay un silencio que envuelve todo
el más profundo y definitivo
propio e intransferible
para todos evidente
Desde ese silencio nos miramos
al final de las palabras
oscuridad y luz intermitente
silencio blanco
blanco y silencio
faro

Al final de todas las pausas
presentimos la extensión más grande
ajena al tiempo
continuamos
envueltos en nada
escuchamos
disminuye nuestro paso
ignoramos
si se detiene ahora

continuamos
nada sabemos y sabemos todo
hay un silencio que todo lo envuelve
en él nos vemos morir
y lo ignoramos
su filo asoma
al final de las palabras
en la pausa de los pasos
en la respiración contenida
en el punto final

nos vamos
siempre nos vamos
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Tu Mano

Déjala ir, dijeron
mientras sostenía tu mano 
(todo estaba decidido)
Déjala ir, susurraron
otorgándome un poder imposible ante la muerte 
Déjala ir, murmuraron
mientras yo buscaba en tu mano mi refugio 
Déjala ir, ordenaron.
Mis rodillas tocaron el filo de cristales rotos 
fragmentos de plegarias a un dios que me ignoró
Déjenme ir, les dije
(estaba todo decidido)
Cómo explicarles que no intentaba retenerte en este mundo
que era tu mano la que me sostenía 
Déjala ir, obedecí. 
Luego el silencio
y dentro del silencio el abismo
y en el abismo tu mano 
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Temores Masculinos

Rompí el silencio que laboriosamente tejías alrededor de tu presencia
Es mi debilidad no saberte sin interrumpir la trama que te envuelve
cuando llaman otras voces que habitan en tu cuerpo y  te reclaman 
escucha silenciosa y apartada.

Debería saber que no te has ido 
me lo indicas con los puntos suspensivos de un suspiro, un pestañeo, un gesto mínimo. 
Cortesías que no merece mi desatenta inseguridad 

Es mi debilidad temer a tu silencio y me avergüenza perturbar la esfera que te acuna 
improvisando versos a los que no debes respuesta
Es mi debilidad quererte transparente y asustarme porque me veo a través de ti
y creo que nada dices cuando solamente no contestas
aunque dejes el aire repleto de respuestas.
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Sí,		
te dije.
Un segundo
abarcó toda
la extensión del tiempo 	
y, tal como lo dije,	
jamás será repetido.	
Te di el último primer beso,
y conocí el sabor de tu risa.
Algo de eternidad tuvo ese gesto
que inauguró nuestra larga despedida.
El amor promete tocar el infinito,
una forma del tiempo librada de la muerte.
Pero le dijimos Sí también a las despedidas
y algo de eternidad quedó en la promesa derrotada
como el perfume sobrevive en algunas flores marchitas
A pesar de todo -en un improbable tiempo circular-
diría que Sí mil veces besando tus labios entreabiertos,
suspendido en el no tiempo de tus ojos expectantes,
pensando que un instante irrepetible no caduca;
por mi deseo cegado, por la esperanza sordo,	
en un portal que del destino nos guardara, 
negando sin razón el presentimiento  
de que el amor traiciona dulcemente 
pues no es humano decirnos: siempre.
Con todo, amor, no dudaría 
si ese momento volviera,
en retar a la muerte
al adiós fatal
la despedida
y al destino.
Sí, digo.
Si...
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Todos tus fantasmas

Una vez quise creer en fantasmas. Ocurrió una mañana a finales de febrero: me despertó el maullido de un gato, era un gato adulto, amarillo con las patitas blancas. Lo observé desde el ventanal de la habitación, podía verlo aparecer y desaparecer entre los arbustos que ordenaste en espiral al centro de nuestro pequeño jardín, un conjunto al que solíamos llamar “el caracol” y en cuyo centro, meses atrás, deposité tus cenizas. Tras un momento el gato se acercó a la jacaranda, trepó ágilmente y saltó a la barda de la casa vecina.

La casa se quedó en silencio, un silencio profundísimo, como si todo el universo se hubiera apartado de ella y todo en su exterior estuviera igualmente lejos. Quiero decir: como si todo lo que no fuera la casa estuviera allí presente pero inalcanzable.

Tras ese lapso en el que todavía me preguntaba si había soñado un gato en el jardín o lo había visto, me di cuenta por enésima vez que no estabas a mi lado. En los meses que siguieron a tu muerte – ocurrida en octubre – y hasta ese día, viví muchas veces la actualización de tu ausencia, sobre todo en las mañanas. El despertar como reset.

Al principio era violento. Un pensamiento súbito como una bocanada de aire inesperadamente fría: se murió Gina. Como si «me cayera el veinte» todos los días al abrir los ojos.  Solo una vez soñé contigo, en el sueño te acercabas y me decías suavemente: «Todo está bien». Y ya, así fue el sueño.  No habría aprendido nada de ti si no aceptara en principio que ningún sueño es lo que parece pero ese en particular nunca llegó al diván, he preferido guardarlo con su halo de misterio.

A partir de ese día extrañarte fue menos cruel pero mucho más triste.  El duelo hizo el aire espeso a mi alrededor y todo me costaba: moverme, hablar, respirar.  Ahora agradezco la puntualidad de los ritos funerarios que se gestionan casi automáticamente.  En las 48 horas que siguieron a tu muerte todo sucedió a mi alrededor prácticamente sin mi intervención. Yo estuve en tu velorio y luego en la cremación, y a cada evento asistí como un fantasma.

Tardé una semana en decidir qué hacer con la urna, eso no lo habíamos pensado o no habíamos podido planearlo. Tampoco lo hablamos antes de que viniera la operación y el breve lapso de mejoría antes del coma, cuando nos dedicamos a dibujar un futuro que no sucedería: si tendríamos perro otra vez o iríamos por fin a tu amado Trieste. Los proyectos postergados, quimeras de nuestra vida trunca.

Llevé la urna a casa, tus amigas ya habían colocado muchas flores del velorio alrededor del “caracol” hasta cubrir casi todo el espacio del jardín, con velas hicieron un camino y un borde luminoso; una escena hermosa ante la que callamos hasta que amaneció.  Con el sol llegaron las mariposas blancas en gran número, atraídas por las rosas, los acapulcos y crisantemos. No sentí nada extraordinario en su presencia pues son una especie común en la ciudad. Hoy me alegra topármelas con frecuencia y, al verlas, pienso en ti.

Yo había perdido muchísimo peso en los días del hospital, lo suficiente para que la familia, preocupada por mi salud, alquilara una casa en Acapulco y me llevara allí a pasar diciembre.  Cuando regresé a casa, tu ropa ya no estaba en el closet y tus cajones estaban vacíos. Agradecí que tus hermanas me evitaran esa tarea, no sé si hubiera tenido fuerza para emprenderla solo, pero aún faltaba desmontar tu consultorio y en ello había algo de profanación, pues ese era tu espacio exclusivo, mi frontera en nuestra casa.

Comencé con los libros, ya que los había prometido a la escuela donde enseñaste. De pronto, una hoja con tu caligrafía cayó de entre los tomos de tus ajadas “Obras completas de Sigmund Freud” me resistí a leerla, pensé que nada en ese lugar estaba destinado a mis ojos. En un cajón: paquetes con cartas, sobres con fotos. En otro: el álbum de tu primera boda, postales. ¿A dónde van los secretos que se quedaron sin dueño? ¿A dónde tu vida antes de mí, al margen de mí? Y ¿qué hacer con las decenas de libretas en las que tomabas notas de las sesiones? qué mar de intimidades, qué concierto de confesiones. No sabré nunca de su contenido, tras mucho pensarlo las entregué al fuego. Me despedí de tu consultorio recordando un verso de  las “Elegías de Duino” de Rilke: “En ningún lugar, amada, existirá el mundo sino adentro”

Dicen que las personas que sufren una amputación pueden percatarse de sensaciones como comezón o dolor, aún cuando el miembro no está más allí. Son los “dolores fantasma”.

Durante muchos meses extrañarte fue una sensación totalmente física: era acunar la mano en la forma con la que tomaba la tuya cuando nos quedábamos en silencio algunas tardes, a cierta hora en la que la luz entraba por las ventanas ovaladas de la sala. Era dormir en el extremo de mi lado de la cama, era que yo siguiera pensando en tu lado de la cama. Esa sensación también me trajo un sueño: Yo estaba en el mar nadando, me había alejado bastante de la playa y de pronto me daba cuenta de la presencia de un tiburón. Intentaba escapar pero era inútil, el tiburón me mordía en el costado y yo sentía el dolor, el filo de los dientes, la carne desgarrada. Nadie se daba cuenta. Trataba de continuar sintiendo los jirones de piel y ese enorme hueco en mi costado. Desperté con una contractura en la espalda, como si la herida hubiera saltado del sueño a mi cuerpo.  Pasó el dolor, el hueco se quedó.

La conciencia de ese hueco me asaltaba con frecuencia, movida por resortes impredecibles, como el día en que me eché a llorar frente a una confundida demostradora de tienda departamental quien me ofreció tu perfume. El aroma me sacudió como si me hubieran arrancado la costra de una herida reciente y caí de rodillas en el piso 2 de Liverpool, llorando con una notita de Chanel 19 en las manos. Aún más intensa fue la primera vez que abrí el botecito de la albahaca y una enorme melancolía me dejó tirado una semana, porque supe que ese era tu verdadero perfume. Tú: hierbas de olor e Italia.

Me extraña ahora no poder recordar algún pasaje en el que se le atribuya olor a un fantasma. El olfato es una puerta abierta sin defensa y su poder evocativo resulta avasallante, si un fantasma es la disrupción de lo inmaterial en el mundo físico, pienso que el perfume sería su umbral más inmediato. En cambio, existe una palabra para designar a un olor imaginado: Fantosmia. El síntoma se asocia al deterioro cognitivo y la diabetes, las personas que lo padecen creen percibir un aroma que en realidad no está presente. Aromas: fantasmas de fantasmas.

Para ti “hueco” era algo muy específico. El trabajo de lo negativo de André Green fue tu libro de cabecera por muchos años, leo en tu tesis de doctorado el sueño de un paciente: “Un río me arrastra y yo me aferro al hueco de la ventana” Un lapsus entregado a tu escucha psicoanalítica. No puedo con justicia dar cuenta del alcance de tu exploración sobre el concepto de lo negativo: eso que está inscrito pero no representado; desinvestidura que a veces toma el camino del soma hasta el cuerpo o se acuna en lo limítrofe antes de la psicosis. Uso las palabras de un paciente de Green para describir no la idea sino la sensación: “Yo no siento que tengo un límite, como un dique, como creo que tiene otra gente que dice: yo siento, yo creo. Como si hubiera una pelota compacta que fuera el yo. Lo que yo siento dentro mío es un gran vacío y en las paredes hay pegadas 4 o 5 boludeces y las cosas que me pasan, con quien estoy, es como que se oyen a lo lejos”.

Como con tu ausencia, ese hueco se experimenta en la sensación de estar fragmentado o incompleto y por ello no puede “llenarse” de pasado, demanda reconstrucción: es el fantasma del futuro. Al decirlo, acepto la paradoja de estar contando todo esto así, como si pudieras leerme, porque ambos creíamos en la muerte como el fin, sin continuidad de ninguna otra especie que la memoria.

Creo que mi deseo de creer en fantasmas surgió de la intensa necesidad de una prórroga: una palabra más, un poco más de nosotros. Eso y tantas cosas que se conjuntaron para que le abriera un espacio en mi mente a la posibilidad de tu fantasma y quisiera ver en el gato; en la jacaranda que tímidamente comenzaba a florear; en el silencio; en el escalofrío que me recorrió la espalda, motivos para decir tu nombre en voz alta:

¿Gina?

Pero no pasó nada, nada de nada y nunca me atreví a intentarlo de nuevo.

El gato amarillo volvió, se llama Milan. Como nadie contestó en el teléfono inscrito en la placa le abrí la puerta, entró y caminó por la casa con familiaridad como si ya la conociera.

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TEDIO

En un muro del patio hay varias grietas

se cruzan con las ramas secas de un rosal

las grietas parecen sombra de las ramas

las ramas que proyectan secas grietas

Encima escribo con volutas de humo

mientras imagino un código secreto

como un ladrón que inútilmente

prueba al azar combinaciones

Ignoro si el botín será cuantioso

si se abrirá un umbral a todas partes

si brotarán flores del muro

si reverdecerá el rosal ¡milagro!

Así todos los días voy al patio

a resanar fumando sus heridas

y en calma leo los trazos secos

con mi volátil voz de humo, ecos

De esa lectura supersticiosa

lleno otro minuto del encierro

Lleno de encierro otro minuto

de encierro inútil y supersticioso

En las grietas del muro hay otro patio

hay un rosal que da flores del encierro

regadas por el humo del cigarro

arrítmico y fugaz reloj del tedio

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COSTUMBRES CENSURABLES: El comercio de nubes

Imagine que se puede poner a la venta una nube. Una en particular, por ejemplo: esa que ha mirado arrobado y convencido de estar en presencia de la nube más hermosa. Una nube de belleza tal, que Usted busca su recuerdo en horas de inquietud o ansiedad. Una nube elevada a La Nube, que habría inspirado – quizá – una melodía, el esbozo de un poema, o por lo menos una lágrima o un suspiro.

La existencia de esa nube se debería, desde un punto de vista objetivo, a la conjunción de múltiples factores todos ellos medibles y registrables: la humedad en el ambiente, la presión atmosférica, la velocidad del viento, la altitud exacta a la que flota, la posición del sol, entre otros que un meteorólogo podría precisar. Añadiríamos: la geolocalización exacta desde donde la nube fue vista, la propia estatura, el ángulo de la mirada: todos los datos que conforman su punto de vista.

A este conjunto habríamos de sumar otros factores tal vez menos cuantificables pero decisivos: el estado anímico al momento de la observación, los eventos del día, los sueños o pesadillas previos y las memorias conectadas que en ese exacto momento pudieron concurrir.

La Nube que miró quedaría enmarcada pero no definida, su esencia permanecería inasible como la de toda creación de la mente: fugaz e irrepetible. Ni siquiera un registro fotográfico podría representarla o dar cuenta de lo que Es, pues escapan a la lente los motivos de su belleza, las razones de su permanencia en la memoria, los bordes de la huella que ha dejado en un alma. Una fotografía podría apenas, por los metadatos asociados a ella, ser una prueba de autenticidad que dice: esa nube estuvo allí.

Ahora suponga que es posible dar a este conjunto de datos un identificador único e irrepetible, almacenado en cada ordenador existente, transferible a cada dispositivo por existir. Un código asignado a su nube en la forma compleja de referirse a todos los datos asociados a la observación y sus relaciones: la circunstancia y el contexto. Un referente no metafórico, contenedor del “eso”:  El representante representativo de la representación; lo que es el consulado a la embajada y esta al país. Este código autenticado por su omnipresencia sería – por esa misma cualidad – inalterable. Original, único, inmutable como su nube.

Un código así podría ofrecerse a quien deseara la posesión de su nube. Los hábitos del mercado jugarían a favor: juguemos con la idea del nacimiento de una esfera crítica alrededor de la nube encriptada en el código. Eruditos dedicados a reseñar, glosar y probar su originalidad, por ejemplo: comparándola con todas las nubes documentadas en otros soportes como los poemas sobre nubes, los cuadros que representan nubes. Añadiríamos este cúmulo de referencias a los datos a los que nuestro imaginario código refiere.

Podríamos también sumar la probable existencia de estudiantes que se empeñan en reproducir en todos sus detalles las circunstancias de su epifanía vaporosa, actualizando – por ejemplo – cada detalle del día que ocurrió, enamorándose de mujeres en vestido blanco que caminan por Coyoacán, esperando a que las variables ambientales vuelvan a darse en igual medida, mimetizando el momento para acercarse tanto como fuera posible a su nube. Contra ellos estaría el tiempo, pues aún logrando imitar la ruta y llegar al sitio exacto con bagaje suficiente, no podrían de ningún modo estar al mismo tiempo en que el hallazgo sucedió. Su nube es, por pasajera, inimitable.

No tardaría entonces en ser glorificada por el mercado y, toda vez que la posesión del código es factible sería entonces posible comercial con él. Estimo que alcanzaría una cotización estratosférica, cualquier día en una subasta rompería todos los récords, haciendo feliz a un millonario coleccionistas quien tal vez no pueda comprender su nube, ni verla tal cual es, ni siquiera compartirla en estricto sentido, pero sí – quizá en una tarde de agobio o ansiedad – abrir el ordenador y consultar el código, para sentir satisfacción y tal vez exclamar: “Ciertamente poseo la nube más hermosa que un ser humano haya visto jamás”.

En una proyección optimista, nuestro supuesto comprador – al ver cercano el término de su vida, por ejemplo – podría donar el código al dominio público para integrarlo a una galería de instantes únicos. Una colección magnífica de códigos asociados a guijarros vistos entre los reflejos del sol sobre el agua de un riachuelo y perros danzando con su sombra en una pose grácil a la hora del atardecer y gotas de rocío temblando en hojas verdes una mañana de otoño y pequeñas pelusas que flotaron brevemente un día en que el aire era melancólico y musical; todos ellos coleccionados en forma de códigos únicos e irrepetibles para momentos irrepetibles y únicos y, por ello, de incalculable valor y belleza indescriptible.

Para tal recinto sugiero un nombre: «La Galería de Funes».

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FELIZ

Para Muffin

Pasa que haces abanico de tu cola

y yo quiero pensar que son sonrisas

Que son felices tus carreras y tus prisas

cuando vamos al mar y te haces ola

Quizá traduzco mal de can a humano

y veo formarse risas en tu hocico

O es solo una ilusión con la que explico

por qué sonrío si comes de mi mano

Ignoro si a tu especie le fue dada

la noción y el deseo de ser felices

O siguen por instinto directrices

genéticas respuestas programadas

En todo caso compañera pasa

que soy feliz cuando paseo contigo

que no me siento amo sino amigo

 y solo verte sé que estoy en casa

Si cierto es el dicho que asegura

que dar es la alegría verdadera

ser feliz nadie tanto mereciera

y sería tu sonrisa la más pura

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Zapatofobia

Le tengo pavor a mis zapatos negros

me llevan a funerales

a dar o recibir malas noticias

a salas de juntas que son como juzgados

o cadalsos.

En cambio amo mis pies descalzos

que sólo saben ir a la playa o a la cama

al pasto húmedo de mi infancia

y al agua.

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