Todos tus fantasmas

Una vez quise creer en fantasmas. Ocurrió una mañana a finales de febrero: me despertó el maullido de un gato, era un gato adulto, amarillo con las patitas blancas. Lo observé desde el ventanal de la habitación, podía verlo aparecer y desaparecer entre los arbustos que ordenaste en espiral al centro de nuestro pequeño jardín, un conjunto al que solíamos llamar “el caracol” y en cuyo centro, meses atrás, deposité tus cenizas. Tras un momento el gato se acercó a la jacaranda, trepó ágilmente y saltó a la barda de la casa vecina.

La casa se quedó en silencio, un silencio profundísimo, como si todo el universo se hubiera apartado de ella y todo en su exterior estuviera igualmente lejos. Quiero decir: como si todo lo que no fuera la casa estuviera allí presente pero inalcanzable.

Tras ese lapso en el que todavía me preguntaba si había soñado un gato en el jardín o lo había visto, me di cuenta por enésima vez que no estabas a mi lado. En los meses que siguieron a tu muerte – ocurrida en octubre – y hasta ese día, viví muchas veces la actualización de tu ausencia, sobre todo en las mañanas. El despertar como reset.

Al principio era violento. Un pensamiento súbito como una bocanada de aire inesperadamente fría: se murió Gina. Como si “me cayera el veinte” todos los días al abrir los ojos.  Solo una vez soñé contigo, en el sueño te acercabas y me decías suavemente: “Todo está bien”. Y ya, así fue el sueño.  No habría aprendido nada de ti si no aceptara en principio que ningún sueño es lo que parece pero ese en particular nunca llegó al diván, he preferido guardarlo con su halo de misterio.

A partir de ese día extrañarte fue menos cruel pero mucho más triste.  El duelo hizo el aire espeso a mi alrededor y todo me costaba: moverme, hablar, respirar.  Ahora agradezco la puntualidad de los ritos funerarios que se gestionan casi automáticamente.  En las 48 horas que siguieron a tu muerte todo sucedió a mi alrededor prácticamente sin mi intervención. Yo estuve en tu velorio y luego en la cremación, y a cada evento asistí como un fantasma.

Tardé una semana en decidir qué hacer con la urna, eso no lo habíamos pensado o no habíamos podido planearlo. Tampoco lo hablamos antes de que viniera la operación y el breve lapso de mejoría antes del coma, cuando nos dedicamos a dibujar un futuro que no sucedería: si tendríamos perro otra vez o iríamos por fin a tu amado Trieste. Los proyectos postergados, quimeras de nuestra vida trunca.

Llevé la urna a casa, tus amigas ya habían colocado muchas flores del velorio alrededor del “caracol” hasta cubrir casi todo el espacio del jardín, con velas hicieron un camino y un borde luminoso; una escena hermosa ante la que callamos hasta que amaneció.  Con el sol llegaron las mariposas blancas en gran número, atraídas por las rosas, los acapulcos y crisantemos. No sentí nada extraordinario en su presencia pues son una especie común en la ciudad. Hoy me alegra topármelas con frecuencia y, al verlas, pienso en ti.

Yo había perdido muchísimo peso en los días del hospital, lo suficiente para que la familia, preocupada por mi salud, alquilara una casa en Acapulco y me llevara allí a pasar diciembre.  Cuando regresé a casa, tu ropa ya no estaba en el closet y tus cajones estaban vacíos. Agradecí que tus hermanas me evitaran esa tarea, no sé si hubiera tenido fuerza para emprenderla solo, pero aún faltaba desmontar tu consultorio y en ello había algo de profanación, pues ese era tu espacio exclusivo, mi frontera en nuestra casa.

Comencé con los libros, ya que los había prometido a la escuela donde enseñaste. De pronto, una hoja con tu caligrafía cayó de entre los tomos de tus ajadas “Obras completas de Sigmund Freud” me resistí a leerla, pensé que nada en ese lugar estaba destinado a mis ojos. En un cajón: paquetes con cartas, sobres con fotos. En otro: el álbum de tu primera boda, postales. ¿A dónde van los secretos que se quedaron sin dueño? ¿A dónde tu vida antes de mí, al margen de mí? Y ¿qué hacer con las decenas de libretas en las que tomabas notas de las sesiones? qué mar de intimidades, qué concierto de confesiones. No sabré nunca de su contenido, tras mucho pensarlo las entregué al fuego. Me despedí de tu consultorio recordando un verso de  las “Elegías de Duino” de Rilke: “En ningún lugar, amada, existirá el mundo sino adentro”

Dicen que las personas que sufren una amputación pueden percatarse de sensaciones como comezón o dolor, aún cuando el miembro no está más allí. Son los “dolores fantasma”.

Durante muchos meses extrañarte fue una sensación totalmente física: era acunar la mano en la forma con la que tomaba la tuya cuando nos quedábamos en silencio algunas tardes, a cierta hora en la que la luz entraba por las ventanas ovaladas de la sala. Era dormir en el extremo de mi lado de la cama, era que yo siguiera pensando en tu lado de la cama. Esa sensación también me trajo un sueño: Yo estaba en el mar nadando, me había alejado bastante de la playa y de pronto me daba cuenta de la presencia de un tiburón. Intentaba escapar pero era inútil, el tiburón me mordía en el costado y yo sentía el dolor, el filo de los dientes, la carne desgarrada. Nadie se daba cuenta. Trataba de continuar sintiendo los jirones de piel y ese enorme hueco en mi costado. Desperté con una contractura en la espalda, como si la herida hubiera saltado del sueño a mi cuerpo.  Pasó el dolor, el hueco se quedó.

La conciencia de ese hueco me asaltaba con frecuencia, movida por resortes impredecibles, como el día en que me eché a llorar frente a una confundida demostradora de tienda departamental quien me ofreció tu perfume. El aroma me sacudió como si me hubieran arrancado la costra de una herida reciente y caí de rodillas en el piso 2 de Liverpool, llorando con una notita de Chanel 19 en las manos. Aún más intensa fue la primera vez que abrí el botecito de la albahaca y una enorme melancolía me dejó tirado una semana, porque supe que ese era tu verdadero perfume. Tú: hierbas de olor e Italia.

Me extraña ahora no poder recordar algún pasaje en el que se le atribuya olor a un fantasma. El olfato es una puerta abierta sin defensa y su poder evocativo resulta avasallante, si un fantasma es la disrupción de lo inmaterial en el mundo físico, pienso que el perfume sería su umbral más inmediato. En cambio, existe una palabra para designar a un olor imaginado: Fantosmia. El síntoma se asocia al deterioro cognitivo y la diabetes, las personas que lo padecen creen percibir un aroma que en realidad no está presente. Aromas: fantasmas de fantasmas.

Para ti “hueco” era algo muy específico. El trabajo de lo negativo de André Green fue tu libro de cabecera por muchos años, leo en tu tesis de doctorado el sueño de un paciente: “Un río me arrastra y yo me aferro al hueco de la ventana” Un lapsus entregado a tu escucha psicoanalítica. No puedo con justicia dar cuenta del alcance de tu exploración sobre el concepto de lo negativo: eso que está inscrito pero no representado; desinvestidura que a veces toma el camino del soma hasta el cuerpo o se acuna en lo limítrofe antes de la psicosis. Uso las palabras de un paciente de Green para describir no la idea sino la sensación: “Yo no siento que tengo un límite, como un dique, como creo que tiene otra gente que dice: yo siento, yo creo. Como si hubiera una pelota compacta que fuera el yo. Lo que yo siento dentro mío es un gran vacío y en las paredes hay pegadas 4 o 5 boludeces y las cosas que me pasan, con quien estoy, es como que se oyen a lo lejos”.

Como con tu ausencia, ese hueco se experimenta en la sensación de estar fragmentado o incompleto y por ello no puede “llenarse” de pasado, demanda reconstrucción: es el fantasma del futuro. Al decirlo, acepto la paradoja de estar contando todo esto así, como si pudieras leerme, porque ambos creíamos en la muerte como el fin, sin continuidad de ninguna otra especie que la memoria.

Creo que mi deseo de creer en fantasmas surgió de la intensa necesidad de una prórroga: una palabra más, un poco más de nosotros. Eso y tantas cosas que se conjuntaron para que le abriera un espacio en mi mente a la posibilidad de tu fantasma y quisiera ver en el gato; en la jacaranda que tímidamente comenzaba a florear; en el silencio; en el escalofrío que me recorrió la espalda, motivos para decir tu nombre en voz alta:

¿Gina?

Pero no pasó nada, nada de nada y nunca me atreví a intentarlo de nuevo.

El gato amarillo volvió, se llama Milan. Como nadie contestó en el teléfono inscrito en la placa le abrí la puerta, entró y caminó por la casa con familiaridad como si ya la conociera.

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TEDIO

En un muro del patio hay varias grietas

se cruzan con las ramas secas de un rosal

las grietas parecen sombra de las ramas

las ramas que proyectan secas grietas

Encima escribo con volutas de humo

mientras imagino un código secreto

como un ladrón que inútilmente

prueba al azar combinaciones

Ignoro si el botín será cuantioso

si se abrirá un umbral a todas partes

si brotarán flores del muro

si reverdecerá el rosal ¡milagro!

Así todos los días voy al patio

a resanar fumando sus heridas

y en calma leo los trazos secos

con mi volátil voz de humo, ecos

De esa lectura supersticiosa

lleno otro minuto del encierro

Lleno de encierro otro minuto

de encierro inútil y supersticioso

En las grietas del muro hay otro patio

hay un rosal que da flores del encierro

regadas por el humo del cigarro

arrítmico y fugaz reloj del tedio

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COSTUMBRES CENSURABLES: El comercio de nubes

Imagine que se puede poner a la venta una nube. Una en particular, por ejemplo: esa que ha mirado arrobado y convencido de estar en presencia de la nube más hermosa. Una nube de belleza tal, que Usted busca su recuerdo en horas de inquietud o ansiedad. Una nube elevada a La Nube, que habría inspirado – quizá – una melodía, el esbozo de un poema, o por lo menos una lágrima o un suspiro.

La existencia de esa nube se debería, desde un punto de vista objetivo, a la conjunción de múltiples factores todos ellos medibles y registrables: la humedad en el ambiente, la presión atmosférica, la velocidad del viento, la altitud exacta a la que flota, la posición del sol, entre otros que un meteorólogo podría precisar. Añadiríamos: la geolocalización exacta desde donde la nube fue vista, la propia estatura, el ángulo de la mirada: todos los datos que conforman su punto de vista.

A este conjunto habríamos de sumar otros factores tal vez menos cuantificables pero decisivos: el estado anímico al momento de la observación, los eventos del día, los sueños o pesadillas previos y las memorias conectadas que en ese exacto momento pudieron concurrir.

La Nube que miró quedaría enmarcada pero no definida, su esencia permanecería inasible como la de toda creación de la mente: fugaz e irrepetible. Ni siquiera un registro fotográfico podría representarla o dar cuenta de lo que Es, pues escapan a la lente los motivos de su belleza, las razones de su permanencia en la memoria, los bordes de la huella que ha dejado en un alma. Una fotografía podría apenas, por los metadatos asociados a ella, ser una prueba de autenticidad que dice: esa nube estuvo allí.

Ahora suponga que es posible dar a este conjunto de datos un identificador único e irrepetible, almacenado en cada ordenador existente, transferible a cada dispositivo por existir. Un código asignado a su nube en la forma compleja de referirse a todos los datos asociados a la observación y sus relaciones: la circunstancia y el contexto. Un referente no metafórico, contenedor del “eso”:  El representante representativo de la representación; lo que es el consulado a la embajada y esta al país. Este código autenticado por su omnipresencia sería – por esa misma cualidad – inalterable. Original, único, inmutable como su nube.

Un código así podría ofrecerse a quien deseara la posesión de su nube. Los hábitos del mercado jugarían a favor: juguemos con la idea del nacimiento de una esfera crítica alrededor de la nube encriptada en el código. Eruditos dedicados a reseñar, glosar y probar su originalidad, por ejemplo: comparándola con todas las nubes documentadas en otros soportes como los poemas sobre nubes, los cuadros que representan nubes. Añadiríamos este cúmulo de referencias a los datos a los que nuestro imaginario código refiere.

Podríamos también sumar la probable existencia de estudiantes que se empeñan en reproducir en todos sus detalles las circunstancias de su epifanía vaporosa, actualizando – por ejemplo – cada detalle del día que ocurrió, enamorándose de mujeres en vestido blanco que caminan por Coyoacán, esperando a que las variables ambientales vuelvan a darse en igual medida, mimetizando el momento para acercarse tanto como fuera posible a su nube. Contra ellos estaría el tiempo, pues aún logrando imitar la ruta y llegar al sitio exacto con bagaje suficiente, no podrían de ningún modo estar al mismo tiempo en que el hallazgo sucedió. Su nube es, por pasajera, inimitable.

No tardaría entonces en ser glorificada por el mercado y, toda vez que la posesión del código es factible sería entonces posible comercial con él. Estimo que alcanzaría una cotización estratosférica, cualquier día en una subasta rompería todos los récords, haciendo feliz a un millonario coleccionistas quien tal vez no pueda comprender su nube, ni verla tal cual es, ni siquiera compartirla en estricto sentido, pero sí – quizá en una tarde de agobio o ansiedad – abrir el ordenador y consultar el código, para sentir satisfacción y tal vez exclamar: “Ciertamente poseo la nube más hermosa que un ser humano haya visto jamás”.

En una proyección optimista, nuestro supuesto comprador – al ver cercano el término de su vida, por ejemplo – podría donar el código al dominio público para integrarlo a una galería de instantes únicos. Una colección magnífica de códigos asociados a guijarros vistos entre los reflejos del sol sobre el agua de un riachuelo y perros danzando con su sombra en una pose grácil a la hora del atardecer y gotas de rocío temblando en hojas verdes una mañana de otoño y pequeñas pelusas que flotaron brevemente un día en que el aire era melancólico y musical; todos ellos coleccionados en forma de códigos únicos e irrepetibles para momentos irrepetibles y únicos y, por ello, de incalculable valor y belleza indescriptible.

Para tal recinto sugiero un nombre: “La Galería de Funes”.

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FELIZ

Para Muffin

Pasa que haces abanico de tu cola

y yo quiero pensar que son sonrisas

Que son felices tus carreras y tus prisas

cuando vamos al mar y te haces ola

Quizá traduzco mal de can a humano

y veo formarse risas en tu hocico

O es solo una ilusión con la que explico

por qué sonrío si comes de mi mano

Ignoro si a tu especie le fue dada

la noción y el deseo de ser felices

O siguen por instinto directrices

genéticas respuestas programadas

En todo caso compañera pasa

que soy feliz cuando paseo contigo

que no me siento amo sino amigo

 y solo verte sé que estoy en casa

Si cierto es el dicho que asegura

que dar es la alegría verdadera

ser feliz nadie tanto mereciera

y sería tu sonrisa la más pura

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Zapatofobia

Le tengo pavor a mis zapatos negros

me llevan a funerales

a dar o recibir malas noticias

a salas de juntas que son como juzgados

o cadalsos.

En cambio amo mis pies descalzos

que sólo saben ir a la playa o a la cama

al pasto húmedo de mi infancia

y al agua.

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SINCERICIDIO

“Todos mienten” es el leitmotiv del personaje central de Dr. House y es, de hecho, la premisa de este drama televisivo en el que los pacientes ocultan datos mientras el irascible médico se empeña en desentrañar su raros males. Mienten aun a costa de su salud.

¿Se puede vivir sin mentiras?

Parapetados en el Hipias menor y los dos tratados de San Agustín sobre el tema, aceptemos que no. Las mentiras existen como un fenómeno inevitable, los prescindibles son los mentirosos.

Montaigne, con quien siempre es bueno platicar de este tipo de asuntos, tituló a su ensayo: “Los mentirosos”, reservando a las mentiras solo un juicio contundente y profético: Es a la verdad la mentira un vicio maldito. No somos hombres ni estamos ligados los unos a los otros más que por la palabra. Si conociéramos todo su horror y trascendencia, la perseguiríamos a sangre y fuego, con mucho mayor motivo que otros pecados”.

Malas cuentas doy a Montaigne, las mentiras prosperan con “todo su horror y trascendencia”. El problema no se encierra ya en los pasillos de los palacios donde merodean sus mentirosos; se ha constituido, rezan los titulares, en una amenaza global.

La dificultad para atajar a los mentirosos consiste, dice el lúcido francés, en que la mentira tiene muchas caras y la verdad solo una. Tal vez las mentiras no han cambiado tanto desde sus tiempos, pero sí lo ha hecho la verdad.

Alumno de jesuitas por muchos años, me sigue la impronta ignaciana: “La verdad nos hará libres”. Al paso, he aprendido que “la verdad” es un pez escurridizo, mutable, relativo, momentáneo; que quien sostiene una verdad y la defiende como única trae en brazos un cadáver.

La verdad languidece y los mentirosos están por todas partes. Ha cambiado la escala con la televisión y la radio: puede ser que el peor de sus efectos sea haber hecho de las mentiras una industria: Los Mentirosos S.A.

A los mentirosos de Montaigne se les podía encarar, en la escala masiva los mentirosos se diluyen. La abundancia de información es un gran negocio y el perfecto escondite.

Al poder de Los Mentirosos S.A. se opone la internet, en su primera versión de ríos interconectados, distribuidos, tan incontrolables como accesibles. Un entusiasmado historiador y hacker, David de Ugarte, la llamaría “el mar de flores”.

Allí la verdad líquida encontró fluidez pues, en el océano distribuido, la probabilidad de encontrarse con mentiras o con evidencias de la verdad es por lo menos la misma. Pero, qué ironía, resultó demasiado bello para ser… verdad.

Hoy “navegar en internet” es una expresión en desuso, como lo es “internautas”. Sobre la infraestructura de internet el capitalismo vigilante monta el diseño descentralizado que conocemos como “redes sociales”.

La sirena de las redes canta accesibilidad y experiencias amigables a costa de la transparencia; ofrece comodidad a cambio de sometimiento al algoritmo. Sustituye el mar vasto, diverso y dinámico con las aguas estancadas de Facebook et al. Allí —entre cámaras de eco y polarización— Los Mentirosos S.A. está en su elemento. En 2016 los diccionarios admiten la expresión: posverdad y la mentira se transforma en un arma.

La diferencia entre la mentira tradicional y la moderna, dice Derrida siguiendo a Hannah Arendt, está en la diferencia entre esconder y destruir

La desproporción entre la capacidad de producir mentiras y nuestra habilidad para reconocerlas es abismal. El invento del polígrafo y sus versiones recientes basadas en inteligencia artificial son la patética respuesta a los mentirosos y son, me temo, una simulación.

Es cierto que el señor Zuckerberg destina cada año más recursos a cazar mentiras, pero su propósito es suprimirlas, no revelarlas; protege así el mecanismo que las dispersa, base de su millonario imperio.

Perseguir la falsedad es hoy una aceptada prioridad social. En cambio, la búsqueda de la verdad permanece como una cuestión individual, reservada —en el cuento de los mentirosos— a los inconformes, los filósofos, los curiosos, los artistas, los expertos: los pocos y locos.

Personajes como House o su padre literario Holmes, se nos presentan como seres condenados, aislados y excéntricos. Su invulnerabilidad a la mentira los hace irritantes, intolerables. Sus agudas capacidades de observación, su memoria infalible, sus veloces sinapsis, son un mal que requiere de sustancias que los desaceleren hasta hacerse adictos. Son admirables y a la vez disuasivos.

Por mucho que quiera identificarme con ellos confieso que, sometido al autoexamen propuesto por Montaigne, dudo también de mi propia resistencia a mentir si en ello me fuera la vida. Mea culpa: todos mentimos. Peor aún, lo saben bien los mentirosos, hay mentiras en las que quiero creer.

La prudencia me llama a detenerme aquí, a riesgo de correr el destino del fundador de una imaginaria organización de Mitómanos Anónimos a quien —una vez confesada su compulsión por la mentira— nadie volvió a creerle nada. A eso los políticos le dicen cometer sincericidio.

Esto miraba Montaigne acostado.

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COSTUMBRES CENSURABLES: La lectura de tendederos

La lectura de tendederos es un arte impúdico y vergonzante. Ocurre en ese espacio de ambiguos términos y condiciones que son las azoteas, en el límite de la propiedad privada.

Allí se tienden hilos de los que – sin juicio ni debido proceso- se cuelga la ropa. Un acto necesario pero a todas luces riesgoso para la privacidad.

La tecnología, que todo lo hace negocio, especialmente la culpa, ha inventado la secadora para encapsular los signos y señales, inevitablemente íntimos, que forman las prendas expuestas a la mirada indiscreta.

Quienes no alcanzamos a pagar esos inventos o las cuentas de la luz que implican, vamos a los hilos a colgar pájaros textiles, alambristas involuntarios, velas de barco o fantasmas que penan al toque del aire.

Se conocen dos formas de leer tendederos, la primera es la que tiene por perverso propósito sacar conclusiones.

He escuchado esta afirmación alarmante: “El tendedero cuenta historias”. Seguida de ejemplos delirantes: “La playera de futbol junto a la funda de la almohada provoca relatos sobre el sueño de un campeón”. “Las sábanas blancas o de colores son personajes de cuentos de fantasmas a los que les duele el sol; partes de un dragón invisible que da lengüetazos al aire” o bien: “Aquel tendedero ha inspirado epopeyas de vuelos accidentales e imprevistos”.

(“Tanga avergonzada por el ojo de un vecino, intenta suicidarse saltando al vacío” reza el titular en el periódico del barrio)

Hay quien afirma haber escuchado los gritos de auxilio de las camisas, mientras desesperadas estiran las mangas hacia los pantalones cuando amenaza la lluvia. Sea todo esto o no un mito, es cierto que en el tendedero, la ropa deja de ser ropa del montón y se encamina a ser ropa a secas.

La segunda forma de leer tendederos es más sutil pero no por ello menos condenable.

Se sabe que algunas melodías glorificadas por los críticos e igualmente, varios éxitos populares que se descargan ilegalmente y se comparten desmesuradamente y se repiten incesantemente, son en realidad plagios de la obra de lavanderas y señores lavanderos solitarios en chanclas y calzones, que con un arte que ellos mismos ignoran, hacen de los hilos del tendedero una pauta. Cuelgan tan armoniosamente los shorts y las faldas largas; con tan hermosa proporción las calcetas, que pueden ser leídas líneas de pizzicatos alternando alegremente tines, medias, calcetines.

Músicos sin inspiración dedican horas a anotar en libretas pentagramáticas la música del tendedero.

Apropian así la obra de inocentes que vuelven por la tarde con un cesto, donde echan ropa que ya ha cantado a los cuatro vientos.

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Dolores modernos

Ay de nuestras  voces fragmentadas

en montones de bytes y bits basura

alimento del gran olvido 

que multiplican nuestras huellas

y alargan nuestra sombras

Ay de los llantos ignorados

en el cementerio de los aullidos 

en el altar de las mentiras

Ay del estante de los libros

opacado por capas y capas

de polvo de likes

Ay de las cosas que hemos fotografiado sin haber visto

cíclopes  

con el único ojo entre las manos

Ay de los espejos traicionados

por filtros y máscaras instantáneas

con qué cara les decimos selfies

Ay de los paisajes

que nuestros dedos recorren 

sin haber viajado

Ay de nuestros dedos, 

cada vez más capaces

de pulsar

arrastrar

pasar 

y no saben sostener el tallo de una flor

sin hacer click 

Nuestro pequeños dedos esclavos

remando el barco

de los piratas del algoritmo

Ay de los que sabemos 

que los objetos se encuentran más cerca de lo que aparentan

Y aún lo que aparentan es lo único que amamos

Ay de las efímeras celebridades

De sus fantasmas que rondan 

las búsquedas

cada vez más lejos de la primera página

a donde van las ligas a la nada

Ay del alma domesticada 

de las opiniones sin sustento

y las trampas de la fe que nos ciegan

y la fe en las trampas que nos ciega

Ay de los dioses negados 

y los que inventamos 

Ávidos de fe, sedientos de blasfemia

Ay de la ira justa que se disuelve 

en pequeños arrebatos de “me enoja” 

Ay de los silencios incómodos 

que el emoticón rellena con pereza

Todo lo publicado ha firmado su destino 

y será polvo digital tarde o temprano 

Ay de nosotros perdidos y googleando

nunca será nuestra la suerte prometida

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¿Por sus Trend Topics los conoceréis?

“Colocar un trend topic” , “Generar un tendencia” son expresiones que se escuchan como promesas o deseos en tiempos electorales.  En la víspera de las campañas, se imponen las preguntas: ¿Somos mejores ciudadanos socio-digitales que hace 6 años? Y una más: ¿Las múltiples advertencias que hemos recibido sobre el uso de falsas noticias, la manipulación de nuestras afinidades y creencias, servirán de algo?

Hasta hoy ningún candidato a la presidencia de México puede ser aplaudido por su actuación en redes. Al contrario los vicios de utilizar a sus huestes -automatizadas, reales e híbridas- para generar atención genérica en lugar de diálogo, información y debate, no parecen ceder. Es muy posible que veamos otro indeseable capítulo de la  “guerra de los trend topics” en Twitter.

Aunque en estos 6 años se ha señalado muchas veces, vale la pena recordar tres datos por los que esas batallas son indeseables:

1.- Cuando se hace tendencia en forma artificial, en el mejor de los casos, se “predica entre convencidos” se alimenta una burbuja con slogans irreflexivos y auto afirmaciones. La reacción contraria a este tipo de táctica, es decir, los que usan la tendencia par decir exactamente lo contrario, crean un efecto de suma cero. En última instancia estos tácticos enrarecen y contaminan el debate e inhiben otros tipos de participación.

2.- De no ser porque es justo la existencia de estas burbujas de información el caldo de cultivo de las nocivas falsas noticias, esta tendencia a hablar en una cámara de ecos podría parecer inofensiva, no lo es pues sabemos con certeza que las estrategias de desinformación solo funcionan cuando hay personas dispuestas a creer y diseminar mentiras. La actividad automatizada, bots y legiones introducen las mentiras pero son las personas que las comparten las que las hacen crecer.

3.-  Los resortes para la propagación de falsas noticias son básicos  y elementales. De acuerdo a estudios recientes la novedad y la mórbida estridencia son el hedor que atrae a las audiencias. Esto favorece el imperio de la negatividad -cuando no la violencia- en la red. Cada vez se requiere de menos esfuerzo para opacar la información de calidad y la más efectiva forma de combatir este fenómeno es una participación responsable en la red…  otro bien escaso.

La semana que reportamos refleja un mínimo crecimiento en el número y duración de los trends electorales, los temas de seguridad y las causas crecieron, aunque se mantienen por abajo de los hashtags que denominamos “conversacionales” y como observamos también en la semana de los `remios Oscar, se aprecia un notable dominio de temas de entretenimiento.  A ellos sí, por sus fans los conoceréis.

Porcentaje

Grafica_Lineas

EspÇctaluco, Celebridades y CulturaLos trends alrededor de festivales de música y lanzamientos de discos o giras de grupos, muestran lo grande que es la esfera joven en Twitter y el contraste con la atención a otros temas una señal de que se mantienen aún al margen de las tendencias alrededor de la elección.

No los culparíamos pues la oferta en redes de candidatos y partidos ha sido pobre y anecdótica. Veremos si las campañas nos traen algo mejor.

Si las muchas advertencias sobre las amenazas de la desinformación y el uso de la información que le damos a las plataformas para eso que llaman  “microsegmentación” son combatidas con apertura y deliberación, con responsabilidad y capacidad de diálogo o, por el contrario, las burbujas de información solo crecerán en animosidad, simplificación y encono. Si es así, la idea de la autoregulación estaría, si no es que ya está, seriamente cuestionada y le habremos dado un golpe irreversible, directo a la cabeza, al halo de libertad e inteligencia colectiva que alguna vez significaron estas plataformas.

Aquí algunas nubes que reflejan lo que fue tendencia durante la penúltima semana de marzo y el viento se llevó.

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¿DÓNDE PONE LA CABEZA EL PAJARITO? (Te invito a mi hashtag)

Dato curioso sobre algunos trend topics en Twitter : Muchos son el resultado de convocatorias.

Desde “legiones” hasta medios lanzan invitaciones para participar generando contenido, en dinámicas cuyo objetivo es colocar hashtags en la lista de tendencias. Las convocatorias van de lo muy inocente : “El club sundayTT te invita a participar en su hashtag dominical: #HagamosTendencia, iniciamos a las 14:30”  Hasta auténticas arengas motivacionales o llamados a incrementar la producción, especialmente cuando es obvio que el HT ha sido pagado.

Muchas tendencias de las que hemos categorizado como “Conversacionales” nacen así, como dinámicas de entretenimiento.  El ahínco y creatividad de los involucrados se corona cuando su hashtag  aparece en la lista de las tendencias.

Como ya hemos comentado la vida de esos HT´s puede ser muy breve o alargarse porque alcanza sinergia entre más usuarios que proveen de más variedad de contenido y agregan más nuevas cuentas usando el HT.  Además, cuando alguno de ellos se coloca en la lista, otros HT´s se “cuelgan” de su visibilidad y esto los mantiene vivos.

A reserva de los abusos en los que estas “Legiones” y Clubes han incurrido, se trata – en la mayoría de los casos – de ejercicios lúdicos que mantienen cohesionadas a estas formas de comunidad en Twitter. Las tendencias “Conversacionales” están entre  las que más abundan en la lista. Esta semana, sin embargo, fue un evento internacional:  los premios Oscar y una causa: el Día Internacional de la Mujer los TT´s que destacaron colocándose incluso por encima de las tendencias futboleras

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Aquí la selección de nubes de Trending Topics que marcaron la semana del 3 al 9 de Marzo:

Y el resto de las nubes aquí: Trends_Semana03-09Marzo

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